Muertes tontas de personas brillantes

Tarde o temprano todos morimos. Pero una muerte “tonta” siempre es injusta a la vez que desafortunada.

Por eso os dejo este listado con algunas de estas muertes tontas de genios que en su tiempo eran personas brillantes.

muerte

Son estas:

  • Tycho Brahe. Aparte de esos bigotes que parecen colas de ardilla, el aspecto de Brahe en el retrato es bastante normal porque es bastante poco fidedigno. Este astrónomo de larga y fructífera relación con el absurdo, perdió la nariz en un duelo en sus tiempos de estudiante en Praga y llevó el resto de su vida una protésis de plata y oro (de exquisita discreción, por supuesto). Siendo niño, había sido raptado temporalmente por su tío sin que nadie en su familia pareciese darse cuenta de la mackaulkinesca ausencia ni sus padres lo reclamasen. Ya adulto y con la nariz de metal, se convirtió en un rico y poderoso noble, que además de sus investigaciones astronómicas, solía ir a las cenas de la flor y nata de la aristocracia danesa en compañía de un enano vidente (!) y un alce amaestrado. Según revela la correspondencia de Brahe, el alce murió después de una noche de jarana en la que bebió demasiada cerveza. Pero estamos aquí para contar la muerte de su dueño, digna de aparecer en el manual de urbanidad definitivo: en una de aquellas juergas, al pobre Brahe le entraron ganas de mear y por no molestar a sus amigos, aguantó sentado más tiempo de lo que el sentido común dicta saludable. Su vejiga estalló y murió al poco de peritonitis. Con nariz de oro, y gorguera de tarta nupcial; pero educado hasta la muerte. Antes de expirar no paraba de repetir “Que mi muerte no sea en vano”. Tranquilo Tycho, no lo fue.
  • Jack Daniel. La primera vez que tuve conocimiento de los JB’s no podía creer que no tuvieran nada que ver con la marca de whisky y se llamasen así por una persona. Cuando me introduje en el Jack Daniel’s no podía imaginarme que verdaderemente hubiese alguien con ese nombre. Pues sí, James Brown y Jack Daniel existieron al margen de los licores, aunque me da que los dos vivieron con una botella cosida a la mano. Al menos nuestro amigo Jack, que aparte de fundar la marca de güiscazo favorita del que escribe, tuvo una muerte digna de mencionar y dificil de explicar sin alcohol. Una mañana llegó pronto al trabajo e intentó abrir la caja fuerte. Incapaz de recordar la combinación, le pegó una patada, con tan feliz fortuna que se hizo una herida en el dedo gordo. Imaginamos que sus calcetines no estaban demasiado limpios o que las uñas del amigo Jack eran dignas de un velociraptor, pero la herida degeneró en una preciosa y exhuberante infección general que acabó con su vida el 10 de octubre de 1911, 95 años antes de que muriese James Brown y 59 después de la inauguración del primer cuarto de baño público para mujeres de Gran Bretaña.
  • Tennessee Williams. Dejamos el Tennesse whiskey por Tennesee Williams, néctar de los dioses el primero, dramaturgo sureño y homosexual el segundo. Me desvío del tema, pero siempre me ha sorprendido que precisamente en los años de más intransigencia con la homosexualidad en EEUU surgiesen escritores/as geniales gays/lesbianas como setas. Gore Vidal, Truman Capote, Patricia Highsmith, todos los beatniks… Que alguien me lo explique en los comentarios. Tenesse Williams. Tennesee Williams no tuvo una vida fácil; depresiones, alcoholismo, problemas con las drogas, una hermana en estado vegetal, la muerte por cáncer del amor de su vida… Pero si ninguno de esos mazazos hizo caer al autor de ‘La gata sobre el tejado de zinc’ o ‘Esplendor en la hierba’ uno mucho más original y en el fondo bello terminó con su vida. Tenía la costumbre de echarse colirio en los ojos (¡décadas antes que ‘Ella Baila Sola‘!) , sosteniendo el tapón del bote con la boca. El 24 de febrero de 1983, con 71 años, se disponía a echarse las gotas cuando tragó el tapón y se asfixió con él. Aguantar lo que aguantó para morir de esa forma. Así se derrumban los castillos de naipes, con soplidos y no a cañonazos.
  • Jean-Baptiste Lully. Volviendo a los clarividentes integrantes de la otra acera, seguro que el siglo XVII fue una época dificil para ser heterosexual. Esos pelucones, los trajes llenos de lacitos y los puños de encaje debían horadar muy hondo en la autoestima de los que aspirasen a acostarse con mujeres. El pobre Jean-Baptiste tenía que luchar, además del handicap de la vestimenta, con su nombre de diseñador mariquita y un apellido que parece el mote de una puta francesa. Pero lo más grave de todo es que Jean-Baptiste se ganaba la vida como compositor y coreógrafo de ballets. “Blanco y en botella” debían pensar las elegantes damas de la corte de Luis XIV, que preferían calmar sus picores con otro, malinterpretando la orientación sexual de un Lully cada vez más frustrado. Lully ligaba menos que Fraga en una fiesta del petting, pero , sublimación freudiana mediante, se convirtió en el único compositor francés memorable en dos siglos de historia de la música. No obstante, sólo un tonto es feliz con eso si no le sirve para conseguir chicas y Lully seguía de un humor de perros. Tanto que en un concierto del 8 de enero de 1689 le dio un pronto y se puso a golpear furiosamente el suelo con el bastón con el que dirigía el compás de la orquesta. Se reventó el pulgar y (como Jack Daniel) se hirió de muerte cuando se le gangrenó. Lully creyó morir como un machote, viril e irracional, al negarse a visitar un médico. Pero todos le recordaremos por ser el personaje con apellido de puta fina que palmó porque se le partió una uña, oigh. De todos modos, casi habría sido más cruel que siguiera viviendo. (No me he molestado en leerme la biografía de este hombre más allá de su muerte; si es mejor de lo que me acabo de inventar me avisais)
  • Sherwood Anderson. Si Lully tenía nombre de muso de Gaultier, el caballero de la izquierda se llama como el bosque en el que se refugiaba Robin Hood con sus alegres bandoleros. Pero Sherwood Anderson ni era un bosque ni vistió nunca mallas verdes en público ni un actor que tocaba el piano con el pene le ha interpretado en alguna producción de Hollywood. Ni siquiera tuvo que robar a los ricos para dárselo a los pobres ni mucho menos casarse con una zorra en una película de Disney. Superado este zig-zag mental y lamentable que tiene como único objeto rellenar líneas para que no se descuadre la foto y quede el post feo, Sherwood Anderson fue un escritor estadounidense del que no he leido nada y que la wikipedia dice que influyó a muchos otros que sí he leído. También dice que murió en Panamá después de tragarse el palillo de un martini. Cuanta sed se pasa en la selva. Pero la causa de su muerte no fue una asfixia o una úlcera causada por el palillo. Anderson debía tener unos riñones muy raros, porque el palillo acabó en la vejiga y se la dañó hasta el punto de sufrir una perotinotis, gloriosa enfermedad que nos brindó los líricos cadáveres de Brahe y Victoria Rappe, por ejemplo.
  • Francis Bacon. Este caballero sostenía, como Brahe y el que escribe, que las golas gigantes dan un aire mucho más distinguido que las decadentes corbatas. La historia siempre la escriben los vencedores y como hoy las elegantes y señoriales gorgueras han pasado a mejor vida fruto de los tejemanejes de la peligrosa y castrante Edad Moderna, se censura este aspecto central de su pensamiento y los libros de filosofía se centran única y exclusivamente en que fue el inventor del método científico. La ciencia, pese a todo, es una gran cosa porque premite predecir los eclipses, si va a ser niño o niña, o si el palillo que guardamos dulcemente en la vejiga va a traernos complicaciones futuras. Sólo por eso merecería nuestro respeto y reconocimiento, al margen de sus lúcidas opiniones sobre moda masculina. Pero Bacon está aquí porque tuvo una muerte tan bella como estúpida. El inventor de la ciencia, acabó siendo el primer martir de ella: intrigado sobre la posibilidad de conservar la carne mediante el frío, compró un ganso, lo mató y en plena ventisca, lo cubrió de nieve. No sabemos si el ganso se estropeó o no, pero Bacon contrajo una neumonía. Tampoco conozco si la neumonía le causó fiebre y esta delirios, pero una mente cabal y ordenada como la de Bacon, creyó que era una buena idea comer nieve para curarse de la enfermedad. Murió al poco tiempo.
  • Esquilo. Siempre he preferido al cine al teatro porque en el segundo no hay zooms ni cambios de encuadre: todo ocurre en un soso y uniforme plano general. Pero donde el teatro no resiste ni un asalto es cuando se le compara con el vídeo doméstico. No hay forma de rebobinar ni de hacer fast- forward, no se puede detener la función cuando es necesario ir al WC a comulgar con la naturaleza, y si una actriz tiene un alegre descuido que revela las partes más rosadas o las más negras de su anatomía, no es posible congelar la imagen para masturbarse como monos. Consciente de esas importantes limitaciones, Esquilo llevó al teatro a las cimas más altas que los planos generales y la unidad de tiempo, acción y lugar permitían. La clave del éxito de Esquilo era una enorme calva que facilitaba una comunicación mucho más fluída con Talía y Melpómene que la que las musas mantenían con otros dramaturgos con pelo. Esa calva, la causa de su inmortalidad metafórica, sería también la culpable de su muerte real. Un quebrantahuesos arrojó desde las alturas una tortuga contra la cabeza de Esquilo, confundiéndola con una piedra por su lisura y brillo. No sabemos cómo quedó la tortuga después del infausto accidente, pero Esquilo murió al instante, sin dar tiempo a que un incuestionablemente afligido quebrantahuesos le pidiese disculpas.
  • Allan Pinkerton. Es público y notorio que los conejos se desmayan después de eyacular. No obstante, también es un dato conocido que estas simpáticas criaturitas joden como si lo fueran a prohibir. ¿Qué ventaja evolutiva supone desvanecerse después del orgasmo? ¿Aumentar la esperanza de vida de los machos evitándoles el stress de tener que hablar y hacer cariñitos a la hembra después de correrse? Esta hipótesis es harto improbable porque los conejos no hablan, pero los desmayos se dan con cierta frecuencia en los humanos, la mayoría de los cuales sí habla y una mayoría aún más amplia no folla como los conejos. Un ejemplo perfecto de este inmenso conjunto de seres humanos de actividad sexual moderada y capacidad de comunicarse mediante el lenguaje fue Allan Pinkerton, también famoso por ser uno de los primeros detectives privados de la historia de EEUU y fundar la primera agencia de huelebraguetas del mismo país. Su vida trepidante y llena de peligros terminó de la forma más tonta. A finales de junio de 1884 resbaló en la calle y se mordió la lengua. Al igual que tantos otros cabezotas, se negó a ir al médico, se le infectó la lengua y en pocos días perdió tanto la capacidad de hablar que le distinguía de los conejos como la condición de vivo que sin duda disfrutáis todos los que estáis leyendo esto.
  • Pitágoras. Cuenta la leyenda que este importante filósofo y matemático griego murió porque se negó a pisar un campo de habas. Para Pitágoras, las habas tenían alma, por lo que era un crimen dañarlas y uno mucho más grave comerlas. La evidencia demoledora que sostenía esta maravillosa teoría (y no me lo invento) son los pedos que genera su ingesta. Esos gases, para Pitágoras y para cualquier persona con un mínimo de sentido común, son en realidad el alma de las habas, que en su fuga anal buscaban un lugar más reposado que los intestinos humanos para gozar de su existencia inmaterial. Así pues mientras huía con sus discípulos de la invasión de los siracusanos a principios del siglo V AC, él y sus alumnos se encontraron con un campo de habas. Rehusó tajantemente pasar por allí, y antes de que le diera tiempo a rodear el campo de legumbres dotadas de almas, los enemigos le dieron alcance y lo mataron. A los filósofos de la antigüedad siempre les pasan cosas muy locas, como la naranja de Ockham, la taberna de Platón o Arquímedes y su hornillo sin fin, historias todas ellas que creo innecesario explicar aquí, pero que demuestran hasta que punto los filósofos son todos tremendos y nos invitan con su ejemplo a culminar con éxito nuestros respectivos proyectos vitales.
  • Kurt Gödel. Cuentan que a una gobernadora de Texas de principios del siglo XX, fueron unos cuantos padres de alumnos a sugerirle que, dada la creciente población inmigrante de origen mexicano, sería lógico enseñar español en las escuelas. La respuesta de la gobernadora fue: “Si el inglés era lo bastante bueno para Jesucristo, entonces también lo es para los niños de Texas”. Teniendo que lidiar con un mundo así, es bastante comprensible que Kurt Godel se volviese loco. Este señor de gafas fue el autor de los Teoremas de la incompletitud , que afirman cosas que no entiendo, pero que fueron muy relevantes por razones que también se me escapan. De cualquier forma, si fuese capaz de contarlo, seriáis vosotros los que no os enteráseis de nada y al recordar a Gödel seguro que os vendría a la mente (en vez de las inteligentes demostraciones del matemático) la anécdota de la señora texana. Por eso la he puesto. Bien, continuemos. Gödel, como decía, estaba loco. Toda la vida sufrió problemas mentales, que se fueron acentuando con la edad. Sólo comía lo que le preparaba su esposa por miedo a que le envenenasen y cuando la hospitalizaron, Godel simplemente dejó de comer. Llegó a pesar 40 kg antes de morir.
  • Empédocles y Crísipo. Junto a estos dos griegos porque estoy deseando acabar con la serie; la calidad del texto restante os lo demostrará. Empédocles se lanzó al interior del Etna (por entonces activo) en el 430 AC para demostrar a sus coetáneos que estaba tocado por los dioses. Del ala también. Crísipo se murió de risa en el 207 AC al ver a su burro, al que previamente había emborrachado, intentado comer higos. Ha pasado tanto tiempo que muchas de las muertes de los clásicos pueden ser difamaciones deliberadas de sus enemigos después de que muriesen, o incluso errores de traducción. Dicen que aquella cita surrealista de Jotacé “es más fácil que pase un camello por el ojo de un aguja que un rico entre en el cielo” es en realidad un error de traducción y que ese “camello” en griego en realidad quería decir “soga”. Lo dicho, vete a saber.
  • Moliére (Jean-Baptiste Poquelin). Amigo de Lully y dramaturgo como Esquilo, Moliére es uno de los pocos franceses que las personas decentes tenemos en alta estima. Fíjense además que de los escasos que podrían salvarse de una necesaria yihad cultural al norte de los Pirineos, la mayoría no eran franceses. Marat era suizo, Chagall bielorruso, Tristan Tzara rumano y Josefina de Martinica. Xenofobias aparte resultado de una miserable beca Erasmus que casi vuelve loco al que escribe (hola si estás leyendo esto), Francia está muy bien porque si no existiera, Moliére habría nacido en otro sitio. El brillante autor de “Tartufo” o “El burgúes gentilhombre” la espichó en escena, debido a que, además de escritor de comedias y francés, era actor. Mientras interpretaba al protagonista de “El enfermo imaginario” sufrió un violento y letal ataque de tos. Qué elegante es a veces Tána-tos. Gracias, gracias; mi libro está en el escaparate.
  • Harry Houdini. En cambio Estados Unidos sí que es un gran país. La bulliciosa Nueva York, el encanto cajún de Nueva Orleans, Miami y sus playas, San Francisco con su mezcla de gays y policías duros, Oakland con sus negros adictos al crack y Seattle repleta de antiglobalización y grunges. Ajeno a todo esto Houdini nació en Hungría, pero pronto enmendó su error y con cuatro añitos ya residía en la sin par Wisconsin. Una vez allí se convirtió en el mago y escapista más famoso de la historia. Un detalle de su vida que suelen olvidar los ikeres y similares cuando explican sus hazañas es que dedicó sus últimos años a una cruzada para desenmascarar a los supuestos espiritistas que se aprovechaban de la credulidad de la gente (y de los cadáveres aún calientes de la I Guerra Mundial) para llenarse los bolsillos. De todas formas, quien tuvo retuvo y Houdini no desaprovechaba ninguna oportunidad para lucirse. Una noche en la que había bebido demasiado, invitó a que le pegaran puñetazos en el estómago porque “sabía contener el dolor”. Lo que no desconocía es que tenía un principio apendicitis; le reventaron el apéndice y murió de hemorragia interna.
  • Alexander Bogdanov. Hace relativamente poco convocaron una votación popular en Rusia para elegir al “ruso de la historia”. Salió Alexander Nevsky, al que todos los cinéfilos tenemos manía desde que Einsenstein, alias “monto-super-bien-pero-mis-pelis-son-un-coñazo” le dedicase un biopic. En cambio, nos llena del más tierno e infantil regocijo que en tal concurso el padrecito Stalin quedase en tercer lugar, aunque partiese con el handicap de ser georgiano y no ruso, chisquilloso inconveniente que sin duda le impidió ganar por amplia mayoría. Pero por mucha simpatía que nos despierte el azote del POUM primero y el conquistador de Berlín después, nuestro voto al ruso universal habría ido para Alexander Bogdanov, feroz bolcevique también y posiblemente el ejemplo más refinado de muerte idiota de esta recopilación. En el transcurso de sus investigaciones sobre el rejuvenecimiento a través de las transfusiones sanguíneas, se inyectó a si mismo la sangre de un voluntario que sufría tuberculosis y malaria. Nosotros nos decantamos por pensar que fue un EPIC FAIL, pero los historiadores juguetean con la idea de un posible suicidio.
  • Marcus Garvey. Cuidado con reírse de este caballero porque para los rastafaris, esa estupenda religión que afirma que las cuchillas de afeitar, las tijeras y los peines son inventos de Babilón y por tanto completamente despreciables (no me lo invento), es la reencarnación de Juan Bautista. Marcus Garvey fue uno de los fundadores del nacionalismo negro y uno de los primeros ideólogos que pregonaron la vuelta a África para los negros americanos, la totalidad de los cuales y por asombroso que pueda parecer, son de raíces africanas. Murió inmediatamente después de leer su propio obituario (publicado por error) en el que se decía que había fallecido “arruinado, solo e impopular”.
  • Bob Marley.  Se hizo una herida en el dedo gordo del pie jugando al fútbol, no se cuidó y aquello degeneró en un melanoma. Los médicos le aconsejaron que era mejor quitarle el dedo para que la enfermedad no se reprodujese, pero el rastafarismo prohibe la amputación porque el cuerpo debe permanecer “completo” (de verdad ¿no es una religión maravillosa?) y finalmente Bob Marley murió de cáncer tras una larga aunque no parece que particularmente dolorosa agonía. Pese a todo, sigue vivo en la otra mitad de mecheros clipper del mundo en los que no sale la cara del Che.
  • Nina Hamnett. No hay muchas mujeres famosas con muertes estúpidas. Hasta el último momento estaba incluída una filosofa griega despellejada viva con conchas marinas por sus amados conciudadanos. De hecho, había escrito un largo chiste sobre Freud y las almejas de singular gusto y exquisito desarrollo. Pero morir así no es divertido y los tíos siempre nos hemos pasado un montón con las chicas. Si eran cristianas, les cortábamos las tetas. Si pensábamos que eran ateas, a la hoguera. Y ahora los bukakes. No, no es facil tener dos cromosomas X, aunque los orgasmos múltiples y no pagar en las discotecas imagino que algo compensa. Nina Hamnet era galesa pero se mudó a París probablemente destrozando la vida a alguien (hola otra vez) y se hizo escritora. La llamada “Reina de la Bohemia” alternó verso y prosa con una enorme nómina de amantes de ambos sexos y fue víctima de un accidente mortal que casi parece un castigo bíblico por su promiscuidad: cayó desde una ventana y se empaló en una verja.

 

victor lopez Sobre mí Esta noticia ha sido creada el 26 enero 2009 a las 9:44 en InicioActualidadMuertes tontas de personas brillantes y si quieres puedes comentarla.
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